miércoles, 21 de julio de 2010

Todos quieren cerrar el negocio

Qué hora rara las ocho de la noche. Los negocios cerrando. Algunos por inercia, otros esperando que mañana sea mejor, otros un poco más ansiosos por cerrar. La ciudad está dinámicamente tiesa por un rato, todos cirulan, transitorio todo lo que hacen, vuelven en sus autos con el día en la cabeza. Todavía no se dan cuenta que la radio no responde ni ofrece soluciones; le siguen hablando como si fuera un viejo amigo. También a las ocho de la tarde se pueden encontrar personajes un poco menos bizarros que a las cuatro de la mañana pero que están un poco más escondidos de nueve a 5. Hay de todo, trabajadores escuchando música, abuelitas con las últimas compras, estudiantes leyendo, tratando de escapar del día a día (es el único de todos que puede irse lejos, característica propia de los chicos, los poetas y de los adultos que se niegan a madurar creciendo- o al menos por un rato-). Están esas señoras de oficina que en el camino a casa se entretiene chusmeando las cosas de oficina. Hay de todo a las ocho de la noche en la ciudad, pero sobre todo hay ganas. Ganas de llegar a casa, ganas de encontrarse con una sorpresa, ganas de cenar con amigos, ganas de tomarse un trago y sacudirse un poco el día de encima, ganas de reencontrarse, ganas de leer un buen libro. Hay ganas por las ganas propias. Hay ganas por eso que no está dicho.
La luz es distinta, la vibra de las moléculas no es como la del resto del día; se siente como una mañana pero más cansada, como después del mediodía pero con menos comida en el estómago, en realidad es como todo el resto del día pero distinto. Las ocho de la noche es, por definición, la noche con puntos suspensivos. Es oportunidad, es deseo, es expectativa, es esperar, es intento.
Es levantar todas las noches el espejo caído de la noche anterior y con lo reconstruido hacer algo nuevo.
Es persiana baja, es cartón en la esquina, es ruido de llaves, es una avenida con un mar de luces rojas, es música de fondo, es charla amena, es organizar los últimos papales.
No es casualidad que se pueda referir a las ocho de la tarde o a las ocho de la noche, dependiendo del solsticio.

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